El ejercicio de conversar con uno mismo presenta algunas dificultades, desde el comienzo hasta la última palabra. Los sonidos rebotan en la cabeza, reverberan, irrumpen y estallan como olas.
El acto de la creación sugiere esta íntima conversación con varios propósitos, siendo el indispensable ponerse de acuerdo con todos mis Yo, que se aman y odian e ignoran como grandes protagonistas de mi infortunio.
La inmensidad de opciones se vislumbra antagónica y tediosa: es momento de un vómito interno, o de mirar el afuera repleto de luchas y desacuerdos; catarsis del alma o análisis del intelecto; mis culpas o las tuyas, la realidad o la fantasía, uno o el universo.
Nada de esto tiene sentido. Será por eso que es tan bello.
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